11.- INNOVACION TECNOLÓGICA Y TASA DE BENEFICIO.
Era importante explicar un poco la relación creciente entre explotación, tecnología y control social porque, de un lado, tal cual la padecemos hoy surge en el momento mismo de la primera revolución industrial y se va desarrollando posteriormente y, de otro lado, ella misma asegura e impulsa ese desarrollo. Las gentes se comportan como autómatas con movimientos cíclicos y repetitivos porque así lo exige la explotación capitalista, con sus disciplinas y formas de moverse en el tiempo y en el espacio. Aunque, como veremos luego, la burguesía introduzca la explotación flexible y abandone la rígida anterior, pese a eso, los movimientos cíclicos y autómatas continúan siendo esencialmente los mismos porque no ha desaparecido el universo-máquina, sino que éste sólo ha cambiado alguno de sus componentes pero, sobre todo, es ha extendido a otros que estaban menos o nada dominados por la máquina.
En este sentido básico es necesario recordar las constantes sociales introducidas por la primera revolución industrial y luego reforzadas y amplias por las posteriores. Landes extrae estas experiencias de la primera revolución industrial: "1. Eliminaron antiguas limitaciones de productividad; 2. Aumentaron bruscamente las ganancias del capital en un número creciente de ramas del sector manufacturero; 3. Modificaron la asignación de los recursos, incluyendo la mano de obra; 4. Alteraron radicalmente la naturaleza y condiciones de la existencia material, la organización social, la actividad política, el equilibrio internacional de la riqueza y el poder, y la cultura y la civilización" (152).
De una forma u otra, las lecciones que se pueden extraer de la segunda revolución industrial afectan también a los problemas citados, y otro tanto podemos decir de la situación actual. Ya a comienzos de los setenta muchos autores advertían que se estaba iniciando un cambio importante en ese universo-máquina gracias, entre otras cosas, al comienzo la tercera revolución tecnológica. Mandel expuso sus principales efectos económicos así:
"1] Una aceleración cualitativa del incremento de la composición orgánica del capital, es decir, del desplazamiento del trabajo vivo por el muerto; 2] Una transferencia de la fuerza de trabajo viva todavía involucrada en el proceso de producción, del tratamiento directo de las materias primas a funciones de preparación o supervisión; 3] Un cambio radical en la proporción entre las dos funciones de la mercancía fuerza de trabajo en las empresas automatizadas; 4] Un cambio radical en la proporción entre la creación de plusvalía dentro de la misma empresa y la apropiación de plusvalía producida en otras empresas, en empresas o ramas totalmente automatizadas; 5] Un cambio en la proporción entre los cotos de producción y los gastos y desembolsos de capital en la compra de nuevas máquinas en la estructura del capital fijo, y, por lo tanto, en las inversiones industriales; 6] un acortamiento del período de producción, logrado por medio de una producción continua y una aceleración radical del trabajo de preparación e instalación; 7] Una compulsión para acelerar la innovación tecnológica, y un brusco aumento en los costos de "investigación y desarrollo"; 8] Un período de vida más corto del capital fijo, en especial de las máquinas. Una compulsión creciente para introducir la planeación exacta de la producción dentro de cada empresa y la programación general de la economía en su conjunto; 9] Una más alta composición orgánica de capital conduce a un aumento en la parte del capital constante en el valor medio de la mercancía, y 10] Una tendencia a la intensificación de todas las contradicciones del modo de producción capitalista: la contradicción entre la creciente socialización del trabajo y la apropiación privada; la contradicción entre la producción de valores de uso (que aumentan hasta lo inconmensurable) y la realización de valores de cambio (que sigue atada al poder de compra de la población); la contradicción entre el proceso de trabajo y el proceso de valoración; la contradicción entre la acumulación de capital y su valoración, etcétera" (153).
Según se aprecia, los efectos de esta tercera revolución son globales aunque a comienzos de los setenta, cuando Mandel publicó su texto clásico, la izquierda aún no había precisado suficientemente su crítica a esa tecnología, como hemos visto antes. Para finales de los ochenta, De la Cruz, además de otros, publicó su imprescindible investigación sobre las relaciones entre poder capitalista y tecnología en la que exponía que: "En todos los modos de producción de carácter clasista las relaciones de dominación de clase atraviesan la división social de trabajo establecidas entre a esfera de la reproducción y la esfera de la producción misma. En la primera esfera se colocaba el bloque dominante y en la segunda las clases dominadas. El capitalismo abre un segundo frente de la división social del trabajo y esta vez en la esfera de la producción: la separación del trabajo manual y del trabajo intelectual. Igualmente, la naturaleza de la producción capitalista aumenta considerablemente la cantidad de energía perdida, por un lado, y produce masas enormes de provecho energético no utilizado, por el otro, con relación a los anteriores modos de producción" (154).
También en esos años otras investigaciones críticas hablan de cuatro componentes básicos de las nuevas tecnologías: 1) Microelectrónica y tratamiento de la información y la comunicación; 2) Nuevos materiales; 3) Biotecnología y 4) Nuevas energías. No hace falta decir que: "De nuevo, una buena parte de las innovaciones tienen como antecedente la creación de armas bioquímicas y la nueva generación de las denominadas "armas inteligentes""; pero algo que ya entonces se puso de manifiesto y que ha sido decisivo como veremos fue la advertencia de que: "No obstante, aun considerando el carácter discontinuo y desigual que caracteriza al proceso tecnológico, es posible valorar que dichas tecnologías no tienen una capacidad de arrastre suficiente como para garantizar una nueva fase. Su aplicación es limitada y ello condiciona el precio de los bienes de equipo. Las ramas y líneas industriales que determinan la introducción de esas nuevas técnicas no han conseguido la supremacía en la estructura productiva del conjunto de las economías desarrolladas" (155).
A la vez, estudios colectivos sobre la agricultura capitalista, el concepto de naturaleza, la genética y el ADN, la salud y la enfermedad, los microordenadores, la biología y la responsabilidad social, la militancia científica progresista, etc., desarrollados en el corazón mismo de EEUU, cuestionaban las relaciones entre ciencia y tecnología (156). Albarracín, volvía a echar un jarro de agua fría sobre la ya para entonces eufórica propaganda tecnocrática: "De momento no estamos en presencia de una tecnología radicalmente nueva, que sólo se podría implantar con una acumulación masiva, sino de inversiones para racionalizar la tecnología existente. Dicha acumulación masiva requiere un nivel de tasa de beneficio que todavía no existe y que las nuevas tecnologías, por sí solas, son incapaces de generar" (157).
Frente a estas críticas no faltaban quienes se limitaban a una simple enumeración de las cualidades formales de las tecnologías, sin introducirlas en el contexto de explotación capitalista y reduciendo sus análisis a un supuesto neutralismo que en realidad ocultaba el poder de la tecnocracia, afirmando que las nuevas tecnologías: "actúan de forma decisiva sobre la producción, de varias formas; las más importantes son: Mejora de la productividad en una proporción que puede llegar, cuando se combina con la automatización en otros aspectos, de hasta 6 a 1. Mejora de la calidad del producto por eliminación de los fallos humanos, por poder realizar a la vez un control de calidad riguroso, y un factor también importante: la obtención de una calidad mucho más homogénea. Ahorro considerable en materias primas al racionalizar la producción; este factor es más importante de lo que a primera vista parece, puesto que el coste de la materia prima es aproximadamente la mitad del coste total de un producto" (158).
A comienzos de los noventa, en medio de la resaca del hundimiento de la URSS, en donde el lento declive iniciado en los setenta tenía raíces mucho más profundas que las simplemente tecnológicas y científicas (159), la propaganda burguesa se lanzó a loar las excelencias del postcapitalismo, de la "desmaterialización" de las grandes empresas, de la definitiva superación de la obsoleta "era industrial". Quiero insistir en que esas modas no surgía repentinamente, sino que venían de antes. Sin retroceder hasta la década de los sesenta en el Estado francés, cuando el grupo de sociólogos reformistas capitaneados por A. Touraine popularizó el término "sociedad post-industrial", conviene ahora recordar que en los inicios de la década de los ochenta, justo cuando la Administración Reagan aplicaba masivamente la estrategia neoliberal, muy interesadamente se divulgó el texto de J. Naisbitt sobre las supuestas macrotendencias imparables del futuro, texto que empezaba precisamente con el capítulo "De una sociedad industrial a una sociedad de la información" (160). Fue un verdadero manual de lucha propagandístrica e ideológica que preparó las bases para otros manuales conservadores posteriores como el del supuesto fin de la historia y otros.
(152) David S. Landes: "Revolución industrial y proceso de industrialización". Ops. Cit. Pág. 382.
(153) Ernest Mandel: "El capitalismo tardío", Edic. Era, México 1979. Págs. 191-194.
(154) Rafael de la Cruz: "Tecnología y poder ". Siglo XXI, México 1987, págs. 221-222.
(155) AA.VV: "Dinámica capitalista y crisis actual". Akal, Madrid 1988, págs. 47-50.
(156) AA.VV: "Ciencia y tecnología". Edit. Revolución, Madrid 1990.
(157) Jesus Albarracin: "La economía de mercado". Trotta, Madrid 1992, pág. 135.
(158) AA.VV: "Sociedad y nuevas tecnologías. Perspectivas del desarrollo industrial". Trotta, Madrid 1992, pág 171.
(159) Ted Grant: "Rusia. De la revolución a la contrarrevolución". Fundación F. Engels, Madrid 1997, págs 267-301. Andrés Romero: "Después del esralinismo". Editorial Antídoto, Buenos Aires 1995, págs 135-165. Marie Lavigne: "Del socialismo al mercado". Ediciones encuentro, Madrid 1997, págs 68-90. Carlos Taibo: "La disolución de la URSS". Rondel Editorial, Barcelona 1994, págs 23-74. Cesáreo Aguilera de Prat: "La crisis del estado socialista. China y la Unión Soviética durante los años ochenta". PPU Barcelona 1994, págs 15-64.
(160) John Naisbitt: "Macrotendencias. Diez nuevas orientaciones que están transformando nuestras vidas". Mitre. Barcelona 1983, págs. 19-47.